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Marquez


Un rally pampeano de escritura

12 febrero, 2021
Un rally pampeano de escritura
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Si bien Ángeles Alemandi nació en la provincia de Santa Fe, estudió en Entre Ríos y luego se mudó a Buenos Aires, desde 2014 vive en La Pampa. Y fue en su pueblo, General San Martín, al amparo de la calma de las siestas, donde escribió Rally de santos, su primera novela, que acaba de publicar la editorial La Parte Maldita.





Aberturas Pampeanas




En la contratapa Gabriela Cabezón Cámara dice: “Ángeles Alemandi cuenta con gracia, con ritmo, con dolor y con humor su periplo en el mundo de la enfermedad. Y el de su madre, que fue y volvió con medallitas, oraciones, estampitas, amuletos, inciensos y aguas benditas de todos los santuarios, todas las vírgenes, todos los curas sanadores y de un buen par que la iglesia no aprueba también”.

Para acercarnos a las entrañas de su escritura y conocer mejor a esta autora pampeana, compartimos el capítulo 34 que abre el libro:

34.

La calma es la sensación de que todo está en su lugar. Veo las manchas de humedad en el techo del baño, pero no me molestan, al contrario, sentada en el inodoro juego a encontrarles formas monstruosas sin decírselo a nadie, como en el test de Rorschach. Hay un rayón con fibra en el parquet y sé que sale con la esponjita dorada. O ni me doy cuenta de que el gato chino dejó de mover la pata porque nunca le cambié la pila. Los juguetes están tan desparramados que ni siquiera es desorden, son combinaciones aleatorias: un mazo de libros, una pista de cartas, una guitarra que barre. En el lavadero, cuando falta la torre de ropa que se amontona sobre una silla para doblar y guardar, miro fijo ese rincón como si se hubiese caído el revoque de la pared.

La calma es un estado de ánimo: endeble, brevísimo, necesario.

Ese domingo, mientras lavaba los platos, no pensaba en nada. Fregaba el fondo de una sartén, quitaba la grasa pegada entre los dientes del tenedor, enjuagaba bien los vasos porque odio esas pintitas de varicela que el detergente sabe dejar. Estaba de pie frente a una ventana sin vista al cielo. Acaso con la felicidad que genera la ingenuidad. Ajena a la quietud que me acechaba, a punto de hacerse pedazos como un plato que de tanta espuma se resbala de las manos.

Ojalá el ruido que escuché entonces hubiese sido de vajilla rota. Era un cuerpo desplomándose, la media res que arroja el carnicero sobre la sierra para cortar una tira de asado.

Cristian había estado atrás mío haciendo un nudo en la bolsa llena de basura. Oí que abrió la puerta del departamento para dejarla en el tacho del entrepiso, más tarde la sacaría a la calle la encargada. Las escaleras se enredaron en mi estómago, me faltó el aire. ¿Y si Vicente lo siguió? La pregunta fue una navaja en la garganta.

Corrí hacia la puerta. No vi a mi hijo. No lo escuchaba siquiera llorar. Sentí la respiración ahogada de Cristian mientras bajaba a zancadas, de a tres escalones, de a cinco. Dijo algo, no sé qué. La desesperación tiene un lenguaje inaccesible, como el chino mandarín que habla nuestro niño a los dos años.

Un piso y medio más abajo estaba Vicente tirado. Le pedí a Dios que si en verdad existía me diera muerte en ese instante. El padre lo alzó y él nos miró, se quejó, le sangraba la boca, ya se le marcaba un machucón en la cara.

Había que correr. Y corrimos.

Teníamos el auto estacionado en la puerta del edificio. En menos de diez minutos entrábamos a la guardia. Lo llevaba en brazos, sus dieciséis kilos chuzándome entera. Él es yo. Quién mierda dijo eso de que los hijos no nos pertenecen, si él es yo.

“Ayudame”, rogué a la recepcionista del sector de pediatría. Las palabras se me resbalaban de la boca por fuerza de gravedad. Lo acostaron en una cama, le pusieron el cuello ortopédico, dos médicas lo examinaron, me dijeron que le hablara, que no lo dejara dormir. Iban a hacerle ecografías, placas, tomografía, necesitaban ver los golpes que no se veían. No tengo registro de mí misma en ese momento. Sólo era mis ojos mirando a Vicente. Era mi boca arrimada a su oído.

Le dije que estaría bien, que teníamos que volver a la casita pampeana. Dejaste el triciclo allá, ¿te acordás? Y el carro con el que íbamos a hacer las compras a la cooperativa. Hay que llenarlo de cosas para esperar al mediodía a papá con algo rico. Tenemos que ir a caminar por las calles del pueblo, Vicente. Ir a correr al centro de la plaza. Allá no es como acá, como en Buenos Aires, podemos juntar bichos bolita en el patio. O lombrices. El patio donde está tu hamaca. La que papi colgó del olmo. Te voy a hamacar más fuerte mi amor, te lo juro. No voy a tener tanto miedo por boludeces. Y vamos a jugar con la pelota amarilla, esa que es como una de tenis, pero gigante. Marisa nos está esperando para vendernos un millón más de helados de crema del cielo, mi vida, mi vidita linda, no pasa nada. No llores, no llores que papá te fue a comprar un chupete. Sabés que Amy se quedó en casa esperándonos. Sí, seguro va a saltar a la mesa y va a lengüetear las migas de pan que quedaron arriba del mantel. Porque es una muerta de hambre esa perra, viste. Siempre te está robando cosas de las manos. Vos cuando ves que se te arrima tenés que levantar el brazo porque si no hace como ayer, que te quitó el pedazo de queso. ¿Me escuchás, hijo? Mirame, acá está mamá, no llores más, no te duermas. Vas a estar bien, mi cielo. Vamos a estar bien. Es un ratito y nos vamos a casa. Tenemos que ver otro capítulo de Masha y el oso. Te puedo tostar semillas de girasol, hacer un mate cocido tibio. Aún no empezamos a leer Flicts, Vicente, es un libro bellísimo que encontré en la librería el otro día. Sí, a vos te gustó uno de tapa dura de una pulga que mueve los ojos cuando la sacudís, pero te digo un secreto: es una porquería de historia, porque escuchame, la pulga se va de picnic y ahí se termina el cuento. Colorín colorado. Encima vos meta berrinche en la librería para llevarte a la pulga y te la tuve que comprar. Sabés que la luna es de color Flicts, Vicente. Te encanta. Me la señalás cada vez que la descubrís en el cielo. No llores mi vida, no llores. Acá volvió papi con el chupete. Te canto la canción del tiburón, ¿querés? Tiburón, tiburón, tiburón a la vista, bañista, bañista, tiburón, tiburón, te va a comer, de mi pellejo no va a poder.

No sé cuánto le susurré. Mi cuerpo era un pedazo de carne, de músculos, de nervios, de cartílagos, un mar de agua hirviendo. En un momento se durmió y las médicas pidieron que no lo despertase, aprovecharían para hacerle la TAC. Una enfermera le levantó los párpados para controlarle las pupilas. Estaba sobre una tabla, envuelto en una sábana blanca, unas cintas lo sujetaban para que no se moviera. De ahí lo pasaron a una camilla equipada con tubo de oxígeno para trasladarlo a la sala de Imágenes. A punto de arrancar, la enfermera de nuevo levantó sus párpados. Pidió una luz. Rápido.

Rápido, en medicina, es señal de que la noche se te viene encima y te va a aplastar. ¿Vicente estaba inconsciente? Había una mesita cerca, de esas donde te sirven la comida en los hospitales, apoyé los codos porque temí que Cristian no pudiera sostenerme. Ambos lo sabíamos, nos íbamos a morir los tres.

Entonces retrocedí a esa mañana, nueve meses atrás: tengo un suéter rojo, jeans, borcegos. Estoy de pie en una sala de espera. No me puedo sentar por más que Cristian insiste. Me habla, no para de hablar. Digo que sí con la cabeza, levanto las cejas como queriendo decirle que lo sigo, que mirá vos lo que me está contando, hasta que me enojo, me enfurezco. Basta. Callate. Es tan obvia su estrategia para intentar distraerme que genera el efecto contrario. Adquiero noción infinita de que está tan asustado como yo. Quiero que el médico me llame y me diga de una puta vez cómo dio la biopsia.

Pensé que estaba inmunizada, que no se podía tener más miedo del que sentí cuando me diagnosticaron. Y sí. Todos estos meses me la pasé dando las gracias porque al menos era yo la que le estaba poniendo el cuerpo a una enfermedad. No mi hijo.

Vicente se despertó unos segundos después. A las horas supimos que milagrosamente no tenía nada más que ese moretón bajo el ojo izquierdo. Ahí recién lloré. No paré en diez noches. El susto, la calma violentada, la certeza de fragilidad, tumbaron una ficha más: me dolió mi madre.

Y entendí, de una vez y para siempre, su rally de santos.


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