El investigador del Conicet y especialista en psicología aplicada al tránsito, Fernando Poo, advirtió que la siniestralidad vial debe ser entendida como un problema de salud pública y sostuvo que reducir las velocidades de circulación en las ciudades es una de las medidas más efectivas para disminuir las muertes y las lesiones graves.
“Si como sociedad decidimos que el asunto pasa por tener autos y movernos a la velocidad que queremos, la gente se va a seguir muriendo. Es el resultado esperable del sistema que tenemos”, afirmó durante una entrevista con Radio Textual.
Poo integra un grupo de investigación de la Universidad Nacional de Mar del Plata que estudia los comportamientos humanos en el tránsito y recientemente participó de un trabajo realizado junto a la Organización Panamericana de la Salud para conocer la opinión de los argentinos sobre distintas medidas de seguridad vial.
Menos velocidad, más vidas
El estudio evaluó el nivel de aceptación social de medidas como el uso obligatorio del casco y del cinturón, la ampliación de ciclovías y bicisendas, la creación de espacios peatonales y la reducción de las velocidades máximas permitidas en las ciudades.
Según explicó el investigador, justamente las iniciativas vinculadas a reducir velocidades fueron las que encontraron menor apoyo social.
“Suele haber una creencia de que bajar la velocidad significa perder tiempo o poner obstáculos a la circulación, pero la evidencia científica muestra exactamente lo contrario”, señaló.
Para ilustrar el impacto de la velocidad en la mortalidad vial, Poo aportó un dato contundente: si diez peatones son atropellados por un vehículo que circula a 40 kilómetros por hora, solamente entre dos y tres sobreviven.
En cambio, cuando el impacto ocurre a 30 kilómetros por hora, entre siete y ocho personas logran sobrevivir.
“A 60 kilómetros por hora prácticamente nadie sobrevive a un atropello. El cuerpo humano no puede tolerar esa energía”, explicó.
Un problema de salud pública
El investigador insistió en que la seguridad vial no debe analizarse únicamente como una cuestión vinculada al tránsito.
“Cuando una persona se lesiona en un siniestro vial termina siendo atendida por el sistema de salud, generalmente público. Por eso hablamos de un problema de salud pública y no solamente de circulación”, indicó.
Además, recordó que el uso intensivo del automóvil genera otros impactos negativos sobre las ciudades, como la contaminación sonora y del aire.
La cultura del automóvil
Poo consideró que Argentina mantiene una fuerte “cultura del automóvil”, donde gran parte del espacio urbano está pensado para los vehículos particulares y no para el resto de los usuarios de la vía pública.
“Los chicos ya casi no juegan en la calle porque las ciudades se volvieron espacios peligrosos por la velocidad y la cantidad de autos”, afirmó.
También pidió pensar en las necesidades de adultos mayores, peatones y personas que no tienen vehículo propio.
“No se trata de estar en contra del automóvil, sino de construir ciudades más accesibles y equitativas para todos”, explicó.
El transporte público como alternativa
El especialista destacó además el rol que pueden cumplir el transporte público, las bicicletas y otras formas de movilidad para construir ciudades más seguras y sustentables.
“Las ciudades tienen que ser multimodales y ofrecer alternativas para todos los usuarios. El problema es cuando el automóvil ocupa prácticamente todo el espacio urbano”, señaló.
Finalmente, insistió en que las lesiones y muertes en el tránsito no son hechos inevitables sino consecuencias directas de las decisiones colectivas sobre cómo se organizan las ciudades.
“Las muertes en el tránsito son producto del sistema que tenemos. Si no modificamos ese sistema, van a seguir ocurriendo”, concluyó.


