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Los años subterráneos de Nelson, en memoria de Nicoletti

26 de septiembre de 2026
Los años subterráneos de Nelson, en memoria de Nicoletti


Por Norberto Asquini

A Nelson Nicoletti lo conocí, de manera personal, a comienzos de los 2000. Por entonces yo estaba iniciando la investigación sobre la década de 1970, que luego serían los libros Crónicas del fuego y El Informe 14. En esos tiempos en que la memoria quería abrirse camino, todavía tímida porque no se había producido ni un juicio a los represores, empezamos a hablar sobre su pasado.





Todo Balde




Creo que fue Hugo Chumbita mientras lo entrevistaba en su departamento de Recoleta, repleto de libros, el que me recomendó que hablara con él. En ese momento, para mí Nicoletti era parte del entorno del gobernador Rubén Hugo Marín, un operador de prensa. Un soldado del Tío que se mantendría leal hasta su fallecimiento, desde que Marín en los ochenta le dijo –al menos eso recuerdo que me contó- “venite a trabajar conmigo, si vos también sos peronista”. Una decisión que fue pragmática, pero también convencido de que el peronismo era el sujeto histórico del pueblo. A partir de ahí fue un guardian de las espaldas y la memoria de Marín.

Para entonces los años del menemismo había tendido un manto de olvido sobre lo que había ocurrido en la dictadura, y con Néstor Kirchner, que supo capitalizarlo, se volvió a abrir la caja de la memoria.

Fue ahí que se destapó “el otro Nicoletti”. El Nelson de los setenta. Una historia subterránea de militancia de la que queda poco registro. Y que es más rica que la sola condición de haber sido después víctima de la dictadura y testigo en los juicios de la Subzona 14. El pasado que explica su lugar como testimonio de lo ocurrido en La Pampa durante el Terrorismo de Estado y que lo exculpa de cualquier cuestionamiento que después hubiera tomado por sus decisiones y adhesiones políticas. Tanto que recuerdo que en esos 2000, varios entrevistados que militaron con él, dejaban traslucir sus críticas por su acercamiento al marinismo. El fue un convencido de lo que representaba el peronismo.





Nelson relató, en esa entrevista de hace un cuarto de siglo, cómo dejó el seminario en Bahía Blanca en 1969, a los 19 años, y enterró su idea de ser cura (“me expulsaron”, dijo). Su familia era muy devota. Pero siguió vinculado a los sectores progresistas de la iglesia. Y también es cuando empezó su oficio de periodista. Primero como aprendiz en La Reforma y luego ya como redactor en La Capital. En 1971 ya era titular del sindicato. En 1975 volvería a serlo en una votación caliente entre el peronismo y “la izquierda”. “Si no me aliaba al peronismo más ortodoxo de Pico, hubiera sido un caos el sindicato”, se exculpaba.

Con el grupo católico más progresista comienza a vincularse con la universidad. Cubre como periodista la nacionalización de la UNLPam en junio de 1973. Hay fotos que lo muestran con su campera de cuero en la toma del edificio del colegio Normal. Se puso del lado de los estudiantes y recordó que cuando ingresó el juez federal a ver cómo estaba la situación él lo apuraba diciéndolo “ve que está todo bien”. Fue por esos meses calientes que a su grupo en la catedral no les dejaron usar más el salón. “Ya no pudimos ir a la catedral, me cerraron las puertas, casi fuimos unos clandestinos de la iglesia”.

En 1974, producto de ese acercamiento con sectores de la UNLPam se convierte en una especie de secretario de prensa del equipo de conducción de la recién nacionalizada universidad en el que estaban los docentes Jorge Bragulat y Chumbita, y su amiga la laica consagrada Ana Gispert Sauch. Compró un mimegráfo y otros equipos para organizarlo. “Duró poco esa experiencia”, dijo, la universidad fue intervenida. Los dos primeros fueron secuestrados, torturados y se tuvieron que exiliar por “subversivos”. Gispert Sauch alcanzó a escapar del país.

Con los trabajadores de La Capital decidieron por entonces hacerse cargo del diario cuando entró en complicaciones económicas, y conformaron una cooperativa de trabajo en 1975. El fue su presidente y estaba al frente de la redacción. “Ya teníamos advertencias de lo que nos podía pasar”. Llegaron hasta periodistas del El Independiente de La Rioja, que también había tenido el mismo proceso, para ayudarlos a ponerla en marcha, y sufrieron controles por parte de la policía que les buscaban armas. Nelson recibe por entonces, en momentos complicados de violencia política, una amenaza de un supuesto grupo parapolicial Comando Dios, Patria o Muerte. Un expediente en el Juzgado Federal atestigua el dato. Ya estaba “marcado”.

“Fue complicado hacer periodismo porque eramos controlados por el Ejército y la policía. Era una rutina, me llamaban día por medio. La provincial me preguntaba quién escribía algún artículo. Para abreviar, yo ya firmaba todo. En el cuartel nos daban una clase de cómo escribir. El coronel Camps usaba un léxico que si hubiéramos sido más vivos, hubiéramos entendido que nos iba a pasar”, se ufanaba en la desgrabación de la entrevista que ahora volví a leer.

Poco a poco, sus amigos y conocidos empezaron a ser detenidos. “Eramos todos perejiles, por eos nos pareció terrible lo que nos pasó, porque era absolutamente desproporcionado”.

El 24 de marzo de 1976, llegó el inevitable golpe militar. La historia es conocida. Nelson estaba comiendo un asado y se entera de la caída de Isabel. Junta a varios periodísticas y van al diario para cambiar la tapa y que la noticia figurara cuando saliera a la calle en pocas horas. Sobre las dos llegó un camión con soldados, lo encapucharon y lo detuvieron a los golpes. Lo encarcelan en la Colonia Penal. Es torturado, como muchos. “Estuve días desaparecido”, contó. En abril, junto a otros cinco “subversivos”, lo suben esposado de a dos y encapuchado a un avión. Lo llevan hasta la cárcel de máxima seguridad de Rawson, por el “grado de peligrosidad” que tenía. Estuvo en el Pabellón 4 con los otros cinco pampeanos (a cuatro los entrevisté en su momento), con los después mantendría una camaradería a pesar de los años y la distancia.

El 16 de noviembre lo liberan. Me contaría el terror que sintió de salir caminando de la prisión al mediodía y temer que lo mataran en el regreso a La Pampa. Cuando llegó, se tuvo que “exiliar” en Telén, y con libertad vigilada debe presentarse en Jefatura cada tanto tiempo. Para entonces La Capital es vendido a un grupo de civiles vinculados al gobierno militar.

Después vendrían los ochenta y la democracia, el peronismo y su función de comunicador del gobierno. La recuperación de su pasado militante y su lugar como testigo en el juicio de la Subzona 14. Las charlas espaciadas sobre política y su defensa del peronismo. Las consultas posteriores sobre los años subterráneos. Descanse en paz, Nelson.

(Foto gentileza de Rodrigo Pérez)

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