La jueza Daniela de la Iglesia, a cargo del Juzgado de Familia y el Menor de la Tercera Circunscripción Judicial, con sede en General Acha, tiene un caso que quema: debe definir próximamente si restituye o no a las dos chicas de 12 y 15 años, que se encuentran en la colonia menonita de la zona de Guatraché a su madre María Unger Reimer.
La abogada Karina Álvarez Mendiara, como publicó Diario Textual, solicitó este miércoles ante un juzgado un pedido de restitución de las niñas a su madre y medidas de protección para ellas que sí tengan en cuenta el contexto de violencia de género y de vulnerabilidad social. Su abogada pidió que las niñas tengan un acompañamiento interdisciplinario y que se tenga en cuenta el contexto en el que se encuentran para garantizar sus derechos.
María Unger Reimer, de 34 años, fue la primera mujer en escapar de la colonia, en 2019, luego de sufrir violencia por parte de su entonces esposo. Tuvo que dejar a sus dos hijas. Se fue en colectivo, sin dinero, a Tucumán, donde consiguió trabajo, conformó una nueva familia y tuvo una nena, hoy de 5 años.
Luego volvió por sus dos hijas, que habían quedado en la colonia, y logró llevarlas a Tucumán. La mayor, de 15 años, estuvo tres años en el norte argentino: cursó la primaria e incluso hizo el primer año de la secundaria, pero luego regresó a Guatraché.
El fin de semana pasado, María condujo su auto desde Tucumán hasta Santa Rosa, para visitar a su madre enferma en el Hospital Favaloro. Después decidió ir hasta la colonia, cuando la hija de 12 años le pidió visitar a su padre.
Allí se desató otra vez el infierno: el domingo 8, cerca de las 20 horas, María fue golpeada brutalmente por su ex. Incluso, el hombre amenazó con matar a las chicas.
La mujer logró que la Policía de Guatraché fuera a la colonia. Luego se retiró con sus tres nenas hasta el hospital del pueblo. Estuvo un día internada y se volvió a Santa Rosa.
Pero eso no fue todo: ya en la capital pampeana, este lunes 9, apareció el ex junto a otros menonitas y se llevaron a las dos chicas de 12 y 15 años. Alertada, María hizo la denuncia. “Cuando salí del departamento con mis hijas, apareció el padre con otros varones de la comunidad. Las cargaron en una camioneta. No me preguntaron. No me pidieron permiso. Se las llevaron. Yo corrí, grité, llamé al 101. Todo quedó registrado en otra denuncia. Fue una sustracción en plena calle, a la vista de todos”, dijo María a Diario Textual.
Los menonitas fueron demorados en Miguel Riglos y asistentes sociales entrevistaron a las menores. “Queremos ir a la colonia”, dijeron las chicas.
Poco después, pese a que existía una denuncia por un supuesto secuestro, pudieron seguir hasta la colonia. Para las autoridades judiciales de Santa Rosa, no hubo secuestro: es que las chicas dijeron ante las asistentes de Riglos que querían irse con su padre. Sin embargo, la abogada alertó que esos testimonios están viciados: se encuentran amenazadas por el padre.
María también dijo no entender por qué no están con ella. “Delante mío, dijo que las quería prender fuego. A ellas y a mí”, contó.
Las autoridades judiciales quedaron en la mira. ¿Cómo es posible que, cuando se había denunciado la violencia hacia María y las chicas, no se puso inmediatamente una orden de restricción de acercamiento? Para Karina Álvarez Mendiara, las autoridades judiciales llegaron tarde.
Las autoridades de la Justicia con sede en Acha se justificaron con que María había dicho, en la denuncia ante la Policía en Guatraché, que tenía pensado irse el lunes 9 o martes 10 hacia Tucumán. Por eso consideraron que no era necesaria una orden de restricción.
La colonia menonita de La Pampa –ubicada a unos 150 kilómetros al sudeste de Santa Rosa, en proximidades con el límite con la provincia de Buenos Aires– comenzó a conformarse en 1986, con familias que llegaron, principalmente, desde México.
Ahora hay unas 2 mil personas que se dedican, principalmente, a la actividad rural, la carpintería y la agroindustria. Venden silos, galpones y otros implementos agrícolas en todo el país.
Los menonitas son cristianos, de origen protestante. Exigen la separación del Estado de la Iglesia. No votan, no participan en política y no hacen el servicio militar. Hablan un alemán antiguo, pero también dominan -principalmente los varones- el castellano.
Solo hay electricidad en las fábricas y mercaditos. La colonia es dominada por obispos y otros jefes, con prácticamente sus propias leyes. Los niños concurren a escuelas con maestros y maestras de la comunidad, con conocimientos mínimos, hasta sexto grado. Luego, la actividad prácticamente se reduce a trabajar de sol a sol e ir a la Iglesia.
“Salir de la comunidad cuesta la vida. Quedarse, también. Yo cuento esto porque quiero a mis hijas conmigo. Que me devuelvan a mis hijas. No quiero callar más. Porque no quiero que mis hijas crezcan creyendo que el miedo es normal. Porque lo que pasa dentro de la comunidad no es religión: es sometimiento. Y porque si no hablamos, si no mostramos lo que pasa, esto se repite una y otra vez”, dijo María.


