por Norberto Asquini
El viernes, en General Acha, se reunieron intendentes radicales y algunos del Pro. Fue otra de las reuniones que cada tanto han hecho entre los jefes comunales del interior opositores al peronismo. Esta vez casi no trascendió hacia afuera lo hablado. Ese silencio no es casual: es parte del modo en que se procesa la política en buena parte del país profundo en el actual escenario de incertidumbre.
Puertas adentro, el diagnóstico es crudo. Las cuentas municipales son un caos. El ajuste del gobierno de Javier Milei cae en cascada y golpea con más fuerza en el último eslabón. Allí, en esa última trinchera, la primera puerta que golpean los que necesitan una mano, los intendentes contienen como pueden el impacto social de una economía que se deteriora.
“Administrando la pobreza”, repiten, casi como una definición que ya no admite matices. La preocupación es concreta: en febrero, la coparticipación cayó más de un 7 por ciento, mientras que los sueldos deben actualizarse con un incremento del 6,3 por ciento. La ecuación no cierra. Menos recursos, más obligaciones. Y, además, nuevas demandas que llegan desde áreas donde el Estado nacional se retira y los gobiernos locales deben hacerse cargo.
Desde lo económico, el panorama es de orfandad. No hay respuestas desde la Casa Rosada. Por primera vez, los intendentes no recibieron ningún fondo nacional bajo ningún concepto. Hubo intentos de contacto, incluso con el funcionario nacional de origen pampeano Martín Matzkin, con el que varios tuvieron llamadas y encuentros, pero sin resultados. Tampoco aparecieron soluciones desde otros niveles del Estado mileista.
Ese cuadro material convive con otro plano más difuso pero igual de determinante: la especulación política. En ese terreno, la consigna es clara aunque no se diga en voz alta: patear definiciones. Todo queda para más adelante. Para la segunda parte del año. Para después del mundial.
El contexto nacional alimenta esa cautela. El gobierno de Milei tuvo una contundente victoria electoral el año pasado en las legislativas, pero ahora atraviesa un momento de debilidad. La situación económica erosiona el respaldo social y las sospechas de corrupción se amontonan y deterioran su imagen. En paralelo, figuras como Mauricio Macri buscan reacomodarse, sin que todavía quede claro si habrá una reedición de Juntos por el Cambio, una convergencia con La Libertad Avanza o un nuevo esquema político.
En La Pampa, la percepción es más terrenal. Pasada la ola libertaria, lo que ven los intendentes en sus localidades es otra cosa: una fuerza sin estructura, con adhesiones dispersas pero sin anclaje real en los pueblos. Si el presidente se cae, no tienen votos propios. Puede haber alguna presencia en ciudades como Santa Rosa, General Pico, General Acha o Eduardo Castex, pero está lejos de consolidar un armado político en el interior más chico. Todos grupos sin capital ni peso político.
Así, entre cuentas caóticas y especulación política, los intendentes navegan un presente incierto. Sostienen la gestión como pueden, mientras miran un tablero nacional que cambia demasiado rápido y ofrece pocas certezas. En ese equilibrio inestable, la prioridad sigue siendo la misma: subsistir sin plata.


