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Murió el músico Roberto Palmer, el piquense de los Quilla Huasi

24 de octubre de 2026
Murió el músico Roberto Palmer, el piquense de los Quilla Huasi

El cantante piquense Roberto Palmer, integrante durante 36 años del reconocido conjunto folklórico Los Quilla Huasi, murió en España a los 95 años. Radicado en Pozuelo de Alarcón, cerca de Madrid, dejó una extensa trayectoria ligada a la música popular argentina y una historia que comenzó en las calles de General Pico, donde nació y forjó sus primeros vínculos con la música y la amistad.

Por esos designios del destino, Roberto Palmer partió a la eternidad apenas un mes y medio después que murió Juancito Venturucci, su entrañable amigo y compañero músico desde muy jovencitos, informó Maracó Digital.

“Triste noticia. Me acaba de llamar Naldo Labrin para darme la noticia que temía; falleció Roberto Palmer, un amigo entrañable. Había vivido mucho, pero uno siempre quiere más. Dos noches atrás soñé con él. Breve pero intenso. Lo sentí muy cerca. Lo sentí como despedida. Con él se va un inmenso cantante, pero sobre todo una de las mejores personas del ambiente artístico. Querido y reconocido por todos. Era de una estirpe que sabía llevar la vida y la amistad con una calidez y una elegancia imposibles de olvidar. Nos deja un amigo, un referente para los que pretendemos llevar con dignidad la canción popular. Un pampeano maravilloso”, reflejó el músico y cantor Oscar García en su Facebook.

Jorge Roberto Paglia nació el 24 de septiembre de 1931 en una casa ubicada en la esquina de las calles 20 y 25, del “Barrio de las Ranas”, como tantas veces recordó cuando se lo entrevistó cuando ya era una celebridad con los Quilla Huasi.

Como bien recuerda Felipe Pinto en su blog de folklore y citando al periodista Oscar Boetti, sus amigos lo apodan “Tabaco”. Creció en un ambiente familiar humilde y cristiano, tuvo una niñez muy feliz  que compartió con varios amigos, jugando en las  polvorientas calles del aquel barrio de casas humildes.





Era el menor de cinco hermanos, Adela, Sara, Arturo y  Carlos que vivía en Buenos Aires con un tío. Al tiempo Arturo y Sara también emigraron en busca de un futuro mejor.  Cursó sus estudios primarios hasta cuarto grado en la escuela Nº 66, ocho años más tarde su madre, él y Adela se mudan al centro, allí término sus estudios primarios en la escuela Nº 64 siendo su maestro en  5º y 6º grado un puntano de apellido Muñoz.

Según Roberto, fue el mejor que haya tenido y a quien recuerda afectuosamente en su canción “Canto de Añoranza”.                                                                                                                                         

Este nuevo barrio era más importante,  tenía mejor desarrollo económico y mejor nivel.  Allí,  él  hizo nuevos amigos entre ellos el “Lalo” Vivalda, Rolo Roggero, Julio Chevelesco, el “Negro” Aguiló, el “Loco” Vattuone, Juancito Venturucci y Puncho Yapur que era el mayor  de todos.

Otro de los amigos piquenses que siempre estuvieron presenetes fue el recordado Juan Cabrino, guitarrero y cantor, que le enseñó los primeros tonos en la guitarra, que él luego trasmitió a Juancito Venturucci, su amigo inseparable de guitarreadas y serenatas.

Cuando tenía 16 años empezó a cantar en la Orquesta de Domingo Pellizari, quien lo descubre como cantante.  Más tarde lo hizo en  la Orquesta Continental, y  terminó cantando en la orquesta Ideal, todas de General Pico.

En 1950 con Juancito Venturucci, Juan Cabrino  y el pianista Benuzzi, formaron  un conjunto llamado “Páginas de América”, incursionando en distintos estilos, tango, melódico y también en lo rítmico.

En 1952, durante las vacaciones de verano, viajó por primera vez a Mar del Plata para integrarse con sus amigos, Rule Yapur y el Gringo Morales, guardavidas en las playas de la pintoresca ciudad y con ellos participó atrevidamente en algún que otro salvataje.

Roberto había aprendido natación en el Club Cultural Argentino; otro de los deportes que abrazó, fue el futbol, llegó a integrar las divisiones inferiores como arquero en los clubes Cultural Argentino y Pico Football.

Cuenta Roberto que, en una ocasión, lo acompañó a Mar del Plata Juancito Venturucci y allí juntos salían a darles  serenatas  a las chicas estudiantes que veraneaban de paseo en grupos.

Del mismo blog de Pinto rescatamos una entrevista que es síntesis de la actividad de Palmer, en una oportunidad en que visitó Pico. La charla se produjo en el patio de la casa de Juan Venturucci, su “ladero” en la música en su juventud y su amigo eterno.

-¿Andás visitando amigos y parientes? 

-De vez en cuando vengo, pero te confieso que también tengo que pasar por SADAIC. Hay que cuidar los intereses; son varios los temas míos que están grabados.

-¿Sigue funcionando bien el tema de las regalías por derechos de autor?

-Sí; seguramente algo se escapa porque no se declara, pero en general funciona. Además está lo de AADI, que nuclea a los intérpretes, que también es algo.

-¿Estás haciendo algo de música en España?

-No; de vez en cuando recibo alguna invitación, pero ya no me dan ganas. Durante varios años hacía de vez en cuando una presentación cuando me interesaba el lugar o las circunstancias, pero ahora no. Yo vivo cerca de Madrid, en Pozuelo de Alarcón, y no me dan ganas de ir a la ciudad a las peñas que se hacen. Además, tengo problemas en los hombros, como rotura de ligamentos, y me molesta para tocar la guitarra. Parece ser que se debe a tantos años de tocar como se tocaba antes, con ese colgante que enganchábamos en la boca. Encima, yo siempre toqué demasiado tenso, me costaba mucho relajarme en el escenario, y me ha hecho peor. Si a los treinta y seis años que estuve en los Quilla le sumás lo que toqué antes, son muchos años de andar con la guitarra colgando del cuello.

-¿Sos consciente de que era un conjunto muy particular, con un cantante de lujo como Lastra, un guitarrista como Núñez y Oscar Valles, que era un infierno metiendo arpegios con la guitarra o el requinto?

-Sí, claro. Eran distintos a lo que se conocía; no usaban bombo; Lastra se cantaba todo y Núñez era muy buen guitarrista. Y Cacho, que había estudiado mucho desde chico, era muy dúctil; tenía muy metido el estilo cuyano de tocar la guitarra, a pesar de que era porteño. Lo hacía todo bien; y encima era muy buen autor. Cuando grabaron Angélica se instalaron del todo, fue un gran éxito, y junto con los Chalchaleros y los Fronterizos eran los tres conjuntos más fuertes de esa época.

-¿Cuánto tardaste en aceptar la invitación a sumarte al conjunto?

-Me lo ofreció Valles en Mar del Plata, donde yo estaba reemplazando a uno de Los Playeros, el conjunto de Rosamel Araya. Nos conocíamos de antes, de cuando yo cantaba boleros, de la época del Trío Azul (cuando conoció a la Malena del tanto). Me dijo que Carlos Vega Pereda se iba para seguir como solista, y que él ya les había comentado a los otros muchachos que me iba a ofrecer entrar. Fue medio difícil en el primer momento; yo estaba trabajando bien, cada vez más; había grabado un disco con cuatro boleros con una orquesta de cuarenta músicos dirigida por Carlos García, en el sello Disc Jockey, que manejaba Rodríguez Luque (fue el que me puso Palmer como nombre artístico, porque los apellidos italianos no parecían sonar bien en esa época). En cierto modo ya era conocido en el ambiente, y de hecho vivía de la música. Pero claro, los Quilla tenían un éxito impresionante. Así que al otro día le dije que sí y debuté en el auditorio de Radio El Mundo. Fue el 1 de marzo de 1962.

-¿Desde el vamos comenzaste a hacer la primera voz?

-Alternábamos con Lastra, pero mi voz era un poco más aguda y en la mayoría de los casos hacía la primera. Se trabajaba mucho, con mucha seriedad y prolijidad. Después, cuando entró Ramón Navarro, también fue un aporte importante. Buen cantante, muy buen compositor y como persona un fuera de serie.

-¿Cómo fue la decisión de dejar el conjunto?

-Se dieron varias cosas. Con mi mujer habíamos empezado a pensar en radicarnos en España. Un hermano de ella, que es de allá, empezó a insistir en que nos fuéramos, que liquidáramos lo que teníamos acá y nos sumáramos a la actividad de ellos, que se dedican a la industria olivarera. Para esa época, acá había empezado a decaer el trabajo. En el año 98 nos contrataron en España, entonces le dije a Belén, mi mujer: “hago esta gira y me despido allá”. Vendimos el departamento de Buenos Aires y otras cositas que tenía, y nos fuimos. Actuamos en Madrid, en el Centro Cultural de la Villa, y después teníamos que presentarnos en un festival en Jaen, donde también se presentaba Alberto Cortez. Así que compartimos el escenario esa noche, que fue la última mía con los Quilla. Recuerdo que Alberto hizo un comentario sobre mi retiro en el escenario y me dedicó su bella canción «Cuando un amigo se va». Eso fue en junio de 1998, después de treinta y seis años. Después me contrataron para una gira desde la Secretaría de Cultura de Jaen, busqué un guitarrista, encontrando a uno de los grandes: René Farias y los dos salimos por la zona. Y también tuve que cantar en Los Patios del Conde Duque del centro de Madrid, en un festival de tango en el que tocaban el Sexteto Mayor y Beba Pugliese. Quisieron que cantara temas folklóricos del repertorio de Gardel, y me puse a ello, acompañado de tres guitarristas: el propio Martín Ochoa y también su sobrino, Daniel Barrera y «Rabito» Vélez, muy buenos y consagrados músicos que otrora formaran parte de Los Cinco del Norte y de Los Nocheros de Anta. Más adelante formaron el duo Los Brillantes, que grabó varios discos en Japón.

-¿Cuántos países visitaste con los Quilla?

-Uruguay, Paraguay, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Estados Unidos, Canadá, Portugal, España, Francia, Alemania, Italia, Japón, Hong Kong, India, Israel, Australia. Me parece que no me olvido de ninguno.

-¿Me recordás cómo se dio lo de tu vinculación con Malena?

-Yo trabajaba en un nigth club llamado Montmartre, antes de entrar al Trío Azul. Ahí tocaban Ciriaco Ortiz, un grupo de música cubana y varios números más. Una noche llegó un pianista que se llamaba Armando Aranjuelo, con una mujer rubia, mayor pero muy interesante. La presentó diciendo “Malena”. Yo, en broma, le dije “¿canta el tango?”; “sí”, me respondió, y entonces supe que era la que había inspirado el tango de Manzi. Se llamaba María Elena Tortolero y se había iniciado como cantante de tangos en Buenos Aires. Pero el padre, que era español, fue nombrado cónsul en Porto Alegre, y la familia se radicó allí. Ella siguió cantando, aunque agregó otros géneros musicales. Una vez, Homero Manzi viajaba a Nueva York en barco y, en una escala en Porto Alegre, entró a un lugar donde ella estaba cantando. Así nació, según la historia, el famoso tango. Manzi le mandó la letra desde Estados Unidos a Lucio Demare, que le puso la música. Estaba casada con un cantante mexicano, Genaro Salinas, al que conoció en Cuba, adonde ella había ido a cantar desde Brasil, y se radicaron en México. Desde allí vinieron a Buenos Aires porque a él lo habian contratado; así llegó Malena de nuevo al país. Cuando yo la conocí, el marido estaba en Venezuela, y no se sabe bien por qué pero apareció muerto debajo de un puente. Con Malena nos habíamos hecho muy amigos, incluyendo la que era mi esposa, Elsa Ramos, con quien tuve una hija, Mónica, que vive, como yo, en España, concretamente en Palma de Mallorca. Ella nos consiguió varios trabajos, incluyendo un buen contrato en el cine Metro, donde recuerdo que el animador era Armando Rolón. Era un lugar cotizado en esa época. Después de la muerte del marido, Malena nos ofreció el departamento que tenía en la calle Maipú al 500, un piso hermoso en la planta baja, así que nos fuimos a vivir allí. Ella murió en 1960 en Uruguay, adonde había ido a visitar a unos amigos, y mi mujer fue a buscar el cuerpo junto con su hijo mayor. Así fue, a grandes rasgos esa historia.

-Si hicieras una rápida mirada hacia atrás en el tiempo, ¿dirías que estás conforme con lo que te dio la vida?

-¡Qué te parece!; por supuesto. Viví de lo que quise, de lo que más me gusta; conservo afectos de muchos años. No se puede pedir más. Me siento un poco privilegiado, sinceramente.






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